Doy mis clases de yoga al aire libre, frente al mar en Los Cristianos (Tenerife Sur), por una razón muy clara: es un lugar que amo y donde la naturaleza potencia la práctica.
Para mí, el mar no es solo un decorado bonito; el ritmo de las olas, la brisa marina y la energía del Atlántico ayudan de forma natural a calmar el sistema nervioso, facilitan la respiración profunda y permiten desconectar del ruido mental.
No concibo el yoga como una disciplina rígida de posturas imposibles ni de postureo, sino como un refugio cercano y humano para parar, respirar y volver a habitar el cuerpo.